La decadencia peronista y el laberinto de Macri.

La Argentina que el calor agobia, profundiza el desconcierto político y repite antiguas limitaciones económicas. Como ocurrió tanta veces, el triunfo en una elección le otorgó al ganador un éxito efímero. Apenas terminaron los festejos, comenzaron los problemas. La aprobación de un paquete de leyes, con modificaciones discretas aunque discutibles, generó protestas sociales significativas al cabo de las cuales el Gobierno perdió la popularidad que había recuperado con la victoria.

Autor: Eduardo Fidanza LA NACION - 13/01/2018


De acuerdo a los sondeos, la sociedad volvió a dividirse en dos a la hora de juzgar a Cambiemos y las expectativas de mejora descendieron. Las razones parecen antes políticas que económicas. Al menos en las encuestas, no hay indicios de un empeoramiento en la situación material, ni de un impacto de la inflación mayor que el registrado en los últimos meses. Por eso, los motivos que explicarían el retroceso del oficialismo deben buscarse en el manejo de la crisis que provocaron las reformas. Sin embargo, el déficit político de Macri posee un límite, también político: la desastrosa situación del peronismo, que no es alternativa. Un irónico observador de la actualidad argentina suele explicarlo así: muchos votantes están en Cambiemos como están en las prepagas: maldiciendo, pero sabiendo que no tienen a dónde ir.

La broma puede explicarse por esta razón: si la coalición gobernante atraviesa dificultades, el peronismo enfrenta un desaguisado de proporciones aún inestimables. La tragedia no es electoral, sino política y sociológica. En 1983 y 1985, ya había perdido el gobierno nacional y la provincia de Buenos Aires, quedando desarticulado, sin liderazgo y aparentemente sin perspectivas. Esas similitudes con el presente no deben opacar, sin embargo, las amargas novedades con que se enfrenta ahora. En primer lugar, debe analizarse el significado del kirchnerismo tardío, que lejos de declinar se encamina a convertirse en un actor político relevante. Pero hay otras razones menos evidentes, aunque quizá decisivas: la fractura social de la base de votantes, la deficiente respuesta intelectual al cambio de época, la deriva sindical, el desplome del mito de la eficacia para gobernar, y las cada vez menos aceptadas prácticas de corrupción. Entre otras creencias, al peronismo lo justificó el equívoco mito de "roban pero hacen". Si se derrumba la fama de eficacia, la corrupción deja de ser una viveza tolerada para convertirse en un robo inadmisible.

El kirchnerismo crepuscular supone un enigma sin precedentes para los peronistas. Cabe aquí una hipótesis: si se lo analiza a la luz de "Las 20 verdades", el peronismo tuvo tres grandes desviaciones en su historia, después del 55: el montonerismo, el neoliberalismo de Menem y la interpretación radicalizada de la democracia de Cristina Kirchner. Los Montoneros y Menem fueron abatidos por dos tragedias: la dictadura militar y la crisis de principio de siglo. Eso permitió a Cafiero y luego a Duhalde, dignos representantes del "peronismo-peronista", regresar a la ortodoxia y promover los cambios necesarios. Por así decirlo, el requisito de la renovación fue la destrucción de los descarriados. Esta vez, es distinto: la desviación de Cristina se está institucionalizando con un fuerte liderazgo personal, 3 millones y medio de votos, casi 10 senadores y más de 60 diputados. No hay en los manuales del peronismo histórico instrucciones para lidiar con este fenómeno novedoso.

Pero aquí no terminan los contratiempos del movimiento creado por Perón. Por una parte, existen pruebas de una escisión sociológica en su base electoral, como se analizó en esta columna hace dos semanas. Por otra, ocurre un hecho menos advertido: el justicialismo carece de respuesta intelectual a la revolución de las costumbres provocada por la tecnología y tampoco pudo sostener su reputación de administrador eficaz. A eso debe sumarse la crisis del sindicalismo, que se ha convertido en una organización dislocada e ingenua. Dislocada, porque se autonomizó del peronismo sin una clara estrategia. E ingenua, porque muchos sindicalistas creen que se pueden seguir cometiendo crímenes como en los oscuros pasillos de los conventos medievales de Umberto Eco, en épocas de transparencia financiera y persecución del lavado de dinero con sofisticadas herramientas informáticas.

Con estos claros signos de decadencia, el peronismo estaría en riesgo de desaparecer si no fuera porque su principal rival se encuentra a su vez en un laberinto. A Macri lo abruman los dilemas. La reelección no parece compatible con enderezar en poco tiempo la economía irracional que heredó. La disyuntiva es cuánto hay que ajustar para no perder y cuánto habrá que perder por no ajustar. El conflicto entre las políticas monetaria y fiscal expresa esta contradicción no resuelta, que acaso anide en la cabeza del Presidente. Los combates de diciembre le mostraron con dramatismo la asfixia del desfiladero, que el triunfo electoral no pudo ensanchar.