El trigo vuelve a las fuentes.

Unas pocas medidas del Gobierno bastaron para que la producción de trigo creciera en volumen y en calidad.

Autor: Hector Huergo en Clarin Rural - 13/01/2018


Acabamos de recoger la mayor cosecha de trigo de nuestra historia. Es sin duda una gran noticia, sobre todo porque estas 18,3 millones de toneladas se obtuvieron en una superficie que no solo no fue récord, sino que estuvo por debajo de las intenciones de siembra, con buena parte del área afectada por anegamientos e inundaciones.

En consecuencia, lo que explica este hito no fue otra cosa que el rendimiento. Algo que deja mucha tela para cortar. Metamos la tijera.

Primero, un salto en los rindes es suficiente indicativo de que la Segunda Revolución de las Pampas, a las que algunos se esfuerzan por dar por superada, tiene todavía hilo en el carretel. Sobre todo después de la era K, un pie en la puerta giratoria de la intensificación iniciada hace un cuarto de siglo. Bastaron tres medidas, anunciadas durante la campaña de Cambiemos y concretadas en la primera semana del gobierno Macri: la eliminación de las retenciones y las restricciones a la exportación, y la unificación cambiaria. El mismo dólar para pagar los insumos que el trigo necesita, el mismo dólar cuando se vende la mercadería.

El peor efecto de las retenciones y los tipos de cambio múltiples, no nos cansaremos de subrayarlo, es la alteración de la relación insumo/producto. Por eso son esencialmente reaccionarias. Afectan el flujo de tecnología: hacen falta más unidades de producto para pagar una unidad de semilla, de fertilizante, de fungicida. Se tiende a producir sobre la base del insumo que ya está pagado: la tierra. Que se degrada en el intento.

La era K derrumbó la siembra de trigo y los rindes. Y también la calidad. No se alcanzaban los niveles de proteína mínimos. Ya en 2016 hubo señales de recuperación de los tres parámetros. Ahora se consolida la tendencia.

Tercero. Estamos todavía muy lejos del potencial. Un rinde nacional que no alcanza las 4 toneladas por hectárea. Está bien: es un gran avance respecto a las 2 de los años 80. Cuando fui por primera vez a ver trigo a Francia, me sorprendió que la media nacional, sobre 5 millones de hectáreas, estuviera en las 6 toneladas. Nos triplicaban. Ahora están arriba de 7. Vamos arrimando el bochín...

Hay una brecha importante entre los líderes y la media. Se ha generalizado la genética europea, en particular francesa, inaugurada hace veinte años con la irrupción de los Baguette. Llamó la atención que en la primera campaña, Baguette 10 le ganó a todos en todas las zonas trigueras del país. Era muy evidente que su irrupción significaba una ruptura paradigmática, donde la genética dejaba de ser defensiva (consecuencia del modelo de desdoblamiento cambiario que rigió desde los 70) y podía apuntar a calidad y rinde.

Ahora todo esto es posible. Hay muchos productores que se han estabilizado por encima de los 8 mil kilos, con buenos niveles de proteína. Pero hay muchas partidas que oscilan en el 10% de proteína, con lo que padecen castigos comerciales. No es un tema menor, porque los contrarios también juegan.

Hay que recuperar el tiempo perdido y volver a las fuentes. Hay tareas pendientes para gobierno y productores. Precisamente esta semana, la cadena del trigo se reunió con el ministro Etchevehere para poner todas las cartas sobre la mesa. Hay mucho para hacer.

Desde el impulso a la genética hasta la logística en los puertos (Quequén en particular), pasando por temas más generales pero de extraordinaria incidencia en la cadena. Algunos fueron, también esta semana, portadores de buenas noticias: el decreto de los bitrenes y avances en la desburocratización. Así el trigo puede volver a dar pelea en un mercado en el que, paradójicamente, hoy reina el gran cliente de los 80: Rusia.